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Dejar toda una vida atrás no es fácil. Tampoco lo es adaptarse a un nuevo territorio, menos partir de cero en un lugar extraño, sin nadie y sin nada. Patricia, Karl y cerca de mil personas saben que escapar de su tierra por temor a peder la vida conlleva mucho sufrimiento y esfuerzo, y saben, en carne propia, lo difícil que es insertarse en una sociedad distinta, con otras costumbres, otro ritmo de vida y en otras circunstancias.
Por Karin Gajardo A. Atrás la familia, los amigos y las raíces, por delante el desafío de sobrevivir en un lugar en donde no se conoce a nadie ni se tiene nada…salvo las ganas de construir una vida libre de temor, amenazas y violencia. Es la realidad de cerca de mil personas en nuestro país, lugar en donde encontraron la posibilidad de instalarse, alejarse del peligro y acercarse a una vida feliz y tranquila. La esperanza de un mejor vivir acompañan día a día a Patricia, a Karl y a muchas otras personas que huyeron de su país porque su vida, seguridad o libertad se vieron amenazadas por un clima de violencia desmedida que no fueron capaces de tolerar y que les llevó, de forma urgente, a abandonar su país de origen para instalarse en otro totalmente distinto. Karl tiene 32 años y es nigeriano. De piel oscura, nariz ancha y tan alto que para abordar el Metro tiene que encorvarse. A primera vista parece una persona ruda e intimidante, sin embargo sus ojos expresivos y profundos reflejan la tristeza que ha ido acumulando a lo largo de los años en los que ha estado lejos de sus seres queridos. Hace cuatro años tuvo que abandonar Nigeria: allí dejó a sus amigos, a su familia y sus ideales que, según él, transformarían a Nigeria en un país mejor y libre de violencia. Luego de ser amenazado de muerte por estar en desacuerdo con el sistema de gobierno nigeriano, Karl decidió velar por su integridad y abandonó su tierra. Llegó a Chile sin nada y fue derivado a la Vicaría de la Pastoral Social. Allí fue en donde lo acogieron y ayudaron a hacer la solicitud de refugio al Gobierno y, además, le entregaron las herramientas necesarias para que pudiera valerese por sí mismo. “No fue fácil al comienzo. Yo tenía mucha esperanza de poder sobrevivir porque la salida de mi país fue una decisión que tomé de un momento a otro, porque no estaba de acuerdo con el sistema. Yo vivía cómodo en mi país porque tenía mi trabajo, mi empresa, pero había mucha presión política. Por eso decidí alejarme, porque hay mucha matanza, muchas personas muriendo sin ninguna razón. A mi también me persiguieron, llegaron intimidándome diciendo ‘te vamos a matar’ y con esa presión uno no puede vivir” cuenta Karl. En Chile hay más de mil refugiados reconocidos por el Gobierno y casi 500 personas que están en el país en proceso de solicitud de refugio. El 90% de ellos son colombianos y el resto provienen de pueblos tan lejanos y diversos como Sri Lanka, Afganistán, Irak, Ruanda, Ex Yugoslavia, Nigeria, entre otros. La problemática de los refugiados es un asunto que está vigente hoy en día y amerita la atención de la comunidad internacional. ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados) es un organismo creado por la Asamblea General de las Naciones Unidas cuya tarea fundamental consiste en incentivar el respeto por los derechos básicos de los refugiados (educación, trabajo y salud). También vela por que ninguna persona sea devuelta en contra de su voluntad a un país en donde tema ser perseguida. La Vicaría de la Pastoral Social es, desde el año 1998, la agencia que implementa los programas del ACNUR en Chile, y desarrollan programas dirigidos a apoyar la integración de los refugiados en el país. 
“Cuando llegué no tenía ningún conocimiento del español y no me podía comunicar fácilmente con la gente. Como te ven como extranjero en el primer momento piensan que eres un americano y te preguntan ‘Do you speak english?’ Así yo comencé a hablar muy poco, hasta que pude hacer el curso de español en la Vicaría, porque no me quedaba otra opción para poder comunicarme con la gente y para salir de la situación en la que estaba. Ahora hablo como un chileno y me trato de comunicar con la gente lo más que pueda”, dice Karl. Patricia tiene 46 años, es colombiana y refugiada reconocida por el Gobierno. Llegó hace dos años a Chile huyendo de la violencia que acabó con la vida de sus seres queridos y que amenazó la suya y la de su familia. Luego de pasar por las más amargas situaciones, entre ellas el asesinato de su esposo y el derrumbe de una vida que había construido junto a él, Patricia, con muchísimo esfuerzo, logró establecerse en Chile. Ataño vivía en Cali, una cuidad situada en el corazón mismo de Colombia, tenía su propio restaurante y se dedicaba, por hobbie, a hacer guías turísticas en su cuidad natal. Hoy vive en una pequeña pieza ubicada en un barrio modesto de Santiago Centro junto a su hija Evelyn. El sustento diario lo obtiene mediante la elaboración y venta de panes integrales y mermeladas. Y es que ella también solía tener una panadería y gracias a eso cautivó el paladar de la gente de la Vicaría, quienes le concedieron el préstamo que impulsó su negocio y con ello, su paulatina inserción a la sociedad. Llegó junto a su hija hace tres años y la primera noche en Chile la pasaron en el Hogar de Cristo “Esa fue una de las noches que recuerdo con más tristeza de mi vida, sobretodo por mi hija Evelyn. Yo me preguntaba ‘¿Qué estamos haciendo aquí?’. Solo deseaba despertar de la pesadilla y contarla al día siguiente a mis colegas en Colombia” cuenta Patricia con nostalgia. Lamentablemente, la pesadilla era la vida real y lo único que podía hacer a respecto era tratar de despertar, abrir los ojos y salir adelante por ella misma y por su hija. Del Hogar de Cristo la derivaron a la Vicaría, en donde la ayudaron en términos legales para presentar una solicitud de refugio. Mientras la solicitud era estudiada por el Gobierno, Patricia tuvo que arreglárselas por dos años para perdurar en Chile. Una tarea bastante compleja teniendo en cuenta que quienes están en espera de refugio no cuenta con cédula de identidad, lo cual dificulta considerablemente las oportunidades de conseguir un trabajo digno. “A pesar de que el Gobierno les da un documento temporal para desempeñar una actividad remunerada, la mayoría de los empleadores se muestran reticentes a contratar gente refugiada y se debe a la falta de una cédula de identidad” asegura Marta González, jefa del área de refugiados de la Vacaría de la Pastoral Social. “Y si es que encuentran trabajo, generalmente se trata de trabajo indignos, en donde el sueldo es precario y son explotados”, agrega. Y es cierto. Patricia pasó por muchos trabajos en su intento por subsistir. “Recuerdo que trabajé un mes y medio en costura a cambio de 50 mil pesos chilenos, o sea no me alcanzaba ni para el arriendo. Me venía caminando desde General Velásquez con Carrascal hasta Cueto con Sotomayor. Una hora caminando todos los días, ida y vuelta ya que no tenía dinero para gastar en locomoción” cuenta Patricia cuando recuerda uno de sus primeros empleos. Frecuentemente los refugiados ven vulnerados sus derechos y dignidad. “La mayoría de ellos son discriminados, y la gente de color más aún. Son lo último de la sociedad en nuestro país, no son tomados en cuenta y por lo tanto cuesta mucho que se le abran las puertas”, asegura Andrea Aravena, funcionarioa de la Sección de Refugiados del el Departamento de Migración y Extranjería. La integración de los refugiados a loa sociedad chilena es una paradoja: si bien Chile les da la bienvenida y los acoge con los brazos abiertos, hay puntos trascendentales que deben ser solucionados para que nuestro país pueda brindarles y asegurarle a los refugiados una estadía grata y solidaria. Para lograrlo es elemental, según Marta González, que el derecho al trabajo digno sea una realidad, y eso solamente se puede conseguir si los parlamentarios deciden desempolvar un proyecto de ley que se encuentra dormido hace varios meses, el cual propone una seria de modificaciones, que de llevarse a cabo, mejorarías de forma considerable la situación laboral de quienes han llegado a Chile a reconstruir sus vidas. Patricia y Karl están aún reinsertándose en la sociedad chilena. Hasta el momento lo han logrado a punta de esfuerzo y sudor. Mientras tanto, un número considerable de solicitantes de refugio tratan de subsistir y salir adelante trabajando, la mayoría, en empleos precarios, remunerados con salarios indignos y sufriendo en el país que les da la bienvenida, pero que una vez adentro, cierra sus puertas. Leido: 3413 | E-Mail
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